Termes
En el corazón de las Corbières, el castillo de Termes se alza en la cima de un promontorio rocoso rodeado por los meandros de profundas gargantas por las que discurre el Sou. Una posición defensiva natural excepcional que no pasó desapercibida ni para los señores locales ni para el rey de Francia en el siglo XIII.
SITUACIÓN PAISAJÍSTICA ACTUAL
Los vestigios del castillo de Termes coronan la cima de un escarpe rocoso, en un paraje grandioso que ofrece una vista impresionante sobre las Altas Corbières. Se sitúa en un paisaje característico de esta región, entre gargantas calcáreas recortadas y valles cubiertos de vegetación mediterránea.
Con una altitud de 460 m, al este del bonito pueblo de Termes, el promontorio está flanqueado por dos gargantas encajadas excavadas por el Sou: las gargantas del Termenet y las gargantas de Coyne-Pont, que constituyen la defensa natural de la fortaleza. Inscritas en la lista de parajes naturales destacados desde 1942, estas dos gargantas conforman perímetros protegidos y contribuyen al interés paisajístico y patrimonial del lugar. Cada una tiene su particularidad: estrechas y vertiginosas las gargantas del Termenet, aguas abajo del pueblo; dotadas de un circo natural las gargantas de Coyne-Pont, aguas arriba del pueblo. Varios senderos de senderismo recorren sus alrededores, en particular el famoso GR 36, y la práctica del barranquismo se ha extendido en las gargantas del Termenet.
El castillo queda así rodeado por tres laderas muy escarpadas y abruptas, y solo es accesible por su cara sur. Frente al castillo se alza un pitón rocoso calcáreo que domina las gargantas, sobre el que se levantaba una antigua obra fortificada: el Termenet.
La otra especificidad paisajística del castillo de Termes es su entorno muy boscoso, caracterizado por una vegetación mediterránea típica. Este denso manto vegetal ondulante hasta donde alcanza la vista acentúa el impacto visual del castillo y el aspecto mineral de sus ruinas, que, dado su estado de conservación, a veces se confunden con los escarpes rocosos circundantes. Los alrededores inmediatos del castillo están dominados por la garriga.
HISTORIA
Feudo de una importante señoría en la Edad Media, Termes es la primera fortaleza de las Corbières en incorporarse al dominio real en el siglo XIII. Encaramada sobre profundas gargantas, hará las veces de atalaya durante cuatro siglos.
UNA PODEROSA FAMILIA SEÑORIAL
Mencionado por primera vez en el siglo XI con el término castrum, el castillo de Termes es el feudo de una poderosa familia señorial, los Termes, que gobiernan el Termenès (Terminis, del latín terminus: límite), un territorio compuesto por unos sesenta pueblos. Los señores de Termes prestan juramento a los vizcondes de Trencavel desde, al menos, finales del siglo XI y durante todo el siglo XII. También son conocidos por apoyar la disidencia cátara: en esa época varios litigios los enfrentan a la abadía de Lagrasse, y Benoît de Termes es una figura ilustre de la jerarquía cátara. Los señores obtienen sus riquezas de la explotación de minas (cobre, plata, plomo y hierro), numerosas en estos relieves de las Corbières y documentadas desde la Antigüedad.
Entre los otros miembros eminentes de esta gran familia, cabe citar a Raymond de Termes, que mantiene el castrum a la llegada de los cruzados en 1210, y a su hijo, Olivier de Termes (hacia 1200-1274), poseedor del castillo de Aguilar y considerado uno de los mejores caballeros de la época. Fiel al legado familiar, combate a los cruzados franceses y se distingue en numerosas batallas, pero, como gran estratega, no dudará en apoyar sucesivamente a los poderosos de este mundo —vizcondes de Trencavel, condes de Toulouse, rey de Aragón—, hasta ponerse finalmente al servicio del rey de Francia, Luis IX (San Luis), y unirse a los cruzados en Tierra Santa.
UNA PODEROSA FAMILIA SEÑORIAL
Mencionado por primera vez en el siglo XI con el término castrum, el castillo de Termes es el feudo de una poderosa familia señorial, los Termes, que gobiernan el Termenès (Terminis, del latín terminus: límite), un territorio compuesto por unos sesenta pueblos. Los señores de Termes prestan juramento a los vizcondes de Trencavel desde, al menos, finales del siglo XI y durante todo el siglo XII. También son conocidos por apoyar la disidencia cátara: en esa época varios litigios los enfrentan a la abadía de Lagrasse, y Benoît de Termes es una figura ilustre de la jerarquía cátara. Los señores obtienen sus riquezas de la explotación de minas (cobre, plata, plomo y hierro), numerosas en estos relieves de las Corbières y documentadas desde la Antigüedad.
Entre los otros miembros eminentes de esta gran familia, cabe citar a Raymond de Termes, que mantiene el castrum a la llegada de los cruzados en 1210, y a su hijo, Olivier de Termes (hacia 1200-1274), poseedor del castillo de Aguilar y considerado uno de los mejores caballeros de la época. Fiel al legado familiar, combate a los cruzados franceses y se distingue en numerosas batallas, pero, como gran estratega, no dudará en apoyar sucesivamente a los poderosos de este mundo —vizcondes de Trencavel, condes de Toulouse, rey de Aragón—, hasta ponerse finalmente al servicio del rey de Francia, Luis IX (San Luis), y unirse a los cruzados en Tierra Santa.
EL ASEDIO DE TERMES
A comienzos del siglo XIII, el castrum de Termes se compone de un castillo encaramado y de un pueblo escalonado más abajo, protegido por una primera muralla de la que se han hallado rastros a media ladera del emplazamiento actual. Al pie de este conjunto fortificado llega, en 1210, Simón de Montfort, al frente de la cruzada de los Barones, que ya ha hecho caer Carcasona y Minerve. El control de la poderosa señoría de Termes figura, en efecto, entre los objetivos estratégicos de los cruzados antes de poder imponerse en el resto del país. Pero si el asedio de Carcasona solo duró 15 días, este se anuncia mucho más difícil: el castillo está bien abastecido y Raymond de Termes manda en él una temible guarnición de 400 soldados, veinte caballeros y, cosa rara, un ingeniero especialista en máquinas de guerra.
Los escasos efectivos de los cruzados parecen irrisorios frente a las rocas escarpadas coronadas por murallas. Sin embargo, las máquinas de asedio permiten abrir una brecha en la primera línea de defensa del arrabal. Los sitiados, por falta de agua, abandonan finalmente el lugar. Este asedio, que duró cerca de cuatro meses, se relata con detalle en las crónicas de Pierre des Vaux-de-Cernay, allegado de Simón de Montfort.
La caída de la fortaleza tiene un gran impacto y provoca el derrumbe de la resistencia en las Corbières. Simón de Montfort entrega el castillo a uno de sus compañeros, Alain de Roucy.
REESTRUCTURACIÓN REAL
En 1224, Amaury de Montfort, hijo de Simón, cede el castillo de Termes al arzobispo de Narbona. Pero esta donación queda sin efecto debido a la derrota de los cruzados tras la «reconquista» llevada a cabo por los señores occitanos. El castillo vuelve entonces a manos de los señores de Termes. Durante la cruzada real, iniciada en 1226, Olivier y Bernard de Termes acaban sometiéndose al rey Luis VIII y una guarnición real se instala en el castillo. En 1255, el efectivo de esta guarnición es de quince sargentos.
Tras el tratado de Corbeil de 1258, que fija la nueva frontera franco-aragonesa al sur de las Corbières, el rey contempla la reestructuración inmediata de Termes. En 1260, el pueblo castral se traslada al valle para despejar los alrededores del castillo. La reconstrucción de la fortaleza comienza probablemente en ese mismo periodo, según los principios de la arquitectura militar capeta. Si algunos elementos del castillo primitivo se conservan en el recinto interior, la muralla exterior testimonia sin lugar a dudas la intervención de los constructores reales, con sus torres circulares, perforadas por saeteras de estribo y, en ocasiones, revestidas de sillares almohadillados.
Esta nueva y poderosa fortaleza constituye desde entonces un eslabón esencial de la red de castillos centinela de montaña concebida por el rey de Francia en torno a la Ciudadela de Carcasona. Junto con Aguilar, Peyrepertuse, Puilaurens y Quéribus, Termes figura entre los «cinco hijos de Carcasona». En 1302, se contabilizan un castellano, un capellán, un portero, un vigía, un escudero y diez sargentos.
REESTRUCTURACIÓN REAL
En 1224, Amaury de Montfort, hijo de Simón, cede el castillo de Termes al arzobispo de Narbona. Pero esta donación queda sin efecto debido a la derrota de los cruzados tras la «reconquista» llevada a cabo por los señores occitanos. El castillo vuelve entonces a manos de los señores de Termes. Durante la cruzada real, iniciada en 1226, Olivier y Bernard de Termes acaban sometiéndose al rey Luis VIII y una guarnición real se instala en el castillo. En 1255, el efectivo de esta guarnición es de quince sargentos.
Tras el tratado de Corbeil de 1258, que fija la nueva frontera franco-aragonesa al sur de las Corbières, el rey contempla la reestructuración inmediata de Termes. En 1260, el pueblo castral se traslada al valle para despejar los alrededores del castillo. La reconstrucción de la fortaleza comienza probablemente en ese mismo periodo, según los principios de la arquitectura militar capeta. Si algunos elementos del castillo primitivo se conservan en el recinto interior, la muralla exterior testimonia sin lugar a dudas la intervención de los constructores reales, con sus torres circulares, perforadas por saeteras de estribo y, en ocasiones, revestidas de sillares almohadillados.
Esta nueva y poderosa fortaleza constituye desde entonces un eslabón esencial de la red de castillos centinela de montaña concebida por el rey de Francia en torno a la Ciudadela de Carcasona. Junto con Aguilar, Peyrepertuse, Puilaurens y Quéribus, Termes figura entre los «cinco hijos de Carcasona». En 1302, se contabilizan un castellano, un capellán, un portero, un vigía, un escudero y diez sargentos.
UNA DEMOLICIÓN PROGRAMADA
Durante los siglos siguientes, al ritmo de las distintas guerras que afectaron al reino de Francia, el castillo mantendrá su papel defensivo, albergando todavía una guarnición de siete hombres en el siglo XVI y permaneciendo provisto de armas y municiones tras la conquista del Rosellón a mediados del siglo XVII. Sin embargo, en 1652, el rey de Francia, considerando que la plaza fuerte de Termes ya no presenta utilidad alguna, ordena su demolición mediante trabajos obligatorios.
En abril de 1653, ante la escasa diligencia de la población, los trabajos se confían a un contratista de Limoux. Los explosivos, colocados con acierto bajo los elementos clave de la fortaleza, dejan el castillo militarmente inutilizable y lo reducen a ruinas.
El contratista recupera gran parte de los materiales desmontados (madera, piedras, tejas, etc.), mientras que las armas y municiones se almacenan provisionalmente en el castillo de Villerouge. Las indemnizaciones debidas al castellano ascienden a 6.800 libras, y el coste de la demolición a 6.200 libras, pagadas por la diócesis de Narbona.
SECRETOS REVELADOS POCO A POCO
En 1989, el castillo es declarado monumento histórico y adquirido por el municipio de Termes, que emprende entonces su conservación y lo abre al público en 1992.
Desde entonces, amplias campañas de excavación y desescombro han permitido retirar varios cientos de metros cúbicos de escombros, revelando poco a poco los secretos de la arquitectura y de la historia del castillo.
Más recientemente, en 2015, se sacaron a la luz los cimientos de la torre del homenaje primitiva, que habían permanecido enterrados durante mucho tiempo bajo cuatro metros de tierra en la cima del lugar.
Estos hallazgos, que ayudan a comprender mejor la disposición original del sitio, también permiten enmarcar científicamente los trabajos de consolidación y restauración.
SECRETOS REVELADOS POCO A POCO
En 1989, el castillo es declarado monumento histórico y adquirido por el municipio de Termes, que emprende entonces su conservación y lo abre al público en 1992. Desde entonces, amplias campañas de excavación y desescombro han permitido retirar varios cientos de metros cúbicos de escombros, revelando poco a poco los secretos de la arquitectura y de la historia del castillo. Más recientemente, en 2015, se sacaron a la luz los cimientos de la torre del homenaje primitiva, que habían permanecido enterrados durante mucho tiempo bajo cuatro metros de tierra en la cima del lugar. Estos hallazgos, que ayudan a comprender mejor la disposición original del sitio, también permiten enmarcar científicamente los trabajos de consolidación y restauración.
DESCRIPCIÓN DEL SITIO
A pesar de la demolición con explosivos del castillo en el siglo XVII, los trabajos de los arqueólogos han permitido identificar la organización general de la fortaleza, cuyos vestigios reales (siglo XIII) conviven con los del antiguo castillo señorial (siglos X-XII).
VISTA GENERAL
Levantado sobre una plataforma rodeada por tres lados por un profundo barranco, el castillo solo es accesible por su cara sur.
El sitio se compone esencialmente de dos recintos concéntricos, precedidos por dos líneas de muros situados a media ladera al sur, probables vestigios de las fortificaciones del antiguo pueblo castral, trasladado al valle en 1260.
VISTA GENERAL
Levantado sobre una plataforma rodeada por tres lados por un profundo barranco, el castillo solo es accesible por su cara sur. El sitio se compone esencialmente de dos recintos concéntricos, precedidos por dos líneas de muros situados a media ladera al sur, probables vestigios de las fortificaciones del antiguo pueblo castral, trasladado al valle en 1260.
EL RECINTO INTERIOR
Construido por los ingenieros reales a partir de mediados del siglo XIII, el recinto inferior rodea la cima de la colina, formando un paralelogramo irregular. Se accede a él por una rampa cuyo trazado en zigzag obligaba al enemigo a bordear la muralla perforada por saeteras de estribo, exponiéndose así a los disparos de los defensores apostados en el adarve. Varias puertas defendían la entrada principal, antaño precedida por una barbacana y materializada hoy por un arco apuntado reconstruido en los años 2000. La entrada también estaba protegida por una garita, situada en el ángulo sureste, y por la torre circular de la cortina este, cuyas piedras almohadilladas ilustran bien la intervención de los ingenieros reales. En el ángulo norte, una torre de forma análoga, pero con bloques de piedra lisos, completa la defensa del frente este.
Detrás de este tramo de muralla se alzaban edificios de vivienda o de servicio, a veces de varias plantas, como muestran las hileras de canecillos y los mechinales que sostenían suelos y cubiertas. El ángulo noroeste del recinto, que domina las gargantas del Termenet, está perforado por una poterna y fortificado por una garita cuya base subsiste, asentada sobre dos contrafuertes al borde de la roca.
La cortina oeste, muy arruinada, presenta, a media distancia del ángulo suroeste, la base de una estructura cuadrangular a ras de suelo perforada por cuatro aberturas: se trata de los vestigios de las letrinas, que se elevaban en vertical y descendían hasta el pie del castillo. La estructura servía probablemente también para evacuar las aguas pluviales.
Desde la «sala de guardia», construcción rectangular situada en el ángulo suroeste, al regresar hacia la entrada principal, se bordean dos importantes tramos de muralla de un grosor considerable (más de 2 m). Aquí, los ingenieros reales duplicaron las antiguas murallas del castillo primitivo para garantizar la solidez y la potencia de la fortaleza.
Las lizas, el espacio a cielo abierto que separa los dos recintos, estaban concebidas para atrapar al enemigo en caso de franquear la primera muralla, pero también servían para el pastoreo de animales y el almacenamiento de material. Los edificios residenciales se encontraban en la parte superior del castillo, detrás del segundo recinto.
EL RECINTO SUPERIOR
No siempre resulta fácil, a primera vista, orientarse entre los vestigios de muros y construcciones que ocupan la parte superior del castillo, sobre todo porque algunos datan del castillo señorial primitivo y otros de la remodelación real. No obstante, las recientes investigaciones arqueológicas, en relación con los trabajos de consolidación, permiten comprender las grandes líneas de la organización de este segundo recinto. Así, en 2015, se sacaron a la luz los cimientos de la torre del homenaje primitiva, reconocible por su base cuadrada en la cima de la colina. El grosor de los muros descubiertos, que alcanza casi 2 m, permite imaginar una construcción bastante alta, de 15 a 20 m, dotada probablemente de tres plantas.
También se han identificado los vestigios de tres cisternas en la parte más alta del castillo. Su función queda acreditada por el revestimiento de tuileau que recubre los muros (mezcla de cal y polvo de teja que garantiza la estanqueidad), pero también por el hallazgo de una cuba de piedra destinada a filtrar el agua de lluvia (hoy visible en la recepción del castillo). El sistema de recogida de aguas pluviales debía ser especialmente eficaz en un lugar fortificado y aislado como este, asegurando a las guarniciones una reserva de agua potable, pero también el saneamiento de los edificios interiores, a menudo oscuros y húmedos.
Entre los otros vestigios destacables del segundo recinto, cabe señalar la «capilla», una construcción rectangular antaño cubierta por una bóveda de cañón apuntado, que debe su nombre a la ventana cruciforme abierta en el muro oriental. Su construcción data de las obras reales del siglo XIII, como lo atestigua el sello de bronce del techador Jean le Picard descubierto durante las excavaciones. Fue uno de los numerosos artesanos que acudieron a trabajar en el Sur por cuenta de la autoridad real.
EL RECINTO SUPERIOR
No siempre resulta fácil, a primera vista, orientarse entre los vestigios de muros y construcciones que ocupan la parte superior del castillo, sobre todo porque algunos datan del castillo señorial primitivo y otros de la remodelación real. No obstante, las recientes investigaciones arqueológicas, en relación con los trabajos de consolidación, permiten comprender las grandes líneas de la organización de este segundo recinto. Así, en 2015, se sacaron a la luz los cimientos de la torre del homenaje primitiva, reconocible por su base cuadrada en la cima de la colina. El grosor de los muros descubiertos, que alcanza casi 2 m, permite imaginar una construcción bastante alta, de 15 a 20 m, dotada probablemente de tres plantas.
También se han identificado los vestigios de tres cisternas en la parte más alta del castillo. Su función queda acreditada por el revestimiento de tuileau que recubre los muros (mezcla de cal y polvo de teja que garantiza la estanqueidad), pero también por el hallazgo de una cuba de piedra destinada a filtrar el agua de lluvia (hoy visible en la recepción del castillo). El sistema de recogida de aguas pluviales debía ser especialmente eficaz en un lugar fortificado y aislado como este, asegurando a las guarniciones una reserva de agua potable, pero también el saneamiento de los edificios interiores, a menudo oscuros y húmedos.
Entre los otros vestigios destacables del segundo recinto, cabe señalar la «capilla», una construcción rectangular antaño cubierta por una bóveda de cañón apuntado, que debe su nombre a la ventana cruciforme abierta en el muro oriental. Su construcción data de las obras reales del siglo XIII, como lo atestigua el sello de bronce del techador Jean le Picard descubierto durante las excavaciones. Fue uno de los numerosos artesanos que acudieron a trabajar en el Sur por cuenta de la autoridad real.